1894, la Guerra Sino-japonesa

La Guerra Sino-Japonesa. Ukiyo-e (tríptico)

La Guerra Sino-Japonesa. Ukiyo-e (tríptico)

Con la reforma Meiji, Japón abre en 1868 una nueva época profundamente transformadora en la que absorbe con gran provecho la modernidad que los Estados Unidos de América le impone y que el recientemente entronizado emperador Meiji acoge y distribuye con gran celeridad y radicalismo sobre todos los sectores de la sociedad. No es sólo la reforma de sus fuerzas armadas, pero es ésta la que da alas a un nuevo imperialismo desafiante, muy especialmente sobre el viejo coloso continental que después de haber transmitido buena parte de las esencias de su civilización se desploma, víctima del conservadurismo a ultranza, de la corrupción y despotismo y del desgaste que los afanes colonialistas de Occidente le habían infringido.

Japón quería gobernar China, no tanto para someterla como para liderar conjuntamente la gran potencia de Oriente capaz de imponerse a Occidente. Con la perspectiva de la historia, la idea no era nueva, la propia China estaba gobernada en ese momento, y desde 1644, por una dinastía de origen extranjero, la dinastía Qing procedía de Manchuria, y anteriormente lo había estado por la dinastía Yuan (1279-1368) que tenía su origen en Mongolia; a unos y otros los chinos de la etnia Han siempre los consideraron extranjeros. Sin embargo, ambas dinastías terminaron en la práctica siendo transformadasy absorbidas por la imponente tradición del país invadido.

No es banal el hecho de que en Japón esta guerra sea denominada Guerra Japón-Qing, sin duda para significar que el enfrentamiento iba dirigido a la clase dirigente. Amenaza sin paliativos que no estaban dispuestos a tolerar ni Ci Xi ni la nobleza gobernante, en su gran mayoría manchú, tampoco el temeroso e inseguro emperador Guang Xu. Ci Xi intuía y temía ya este enfrentamiento del que Japón había ya dado muestras en 1870 al apoderarse graciosamente de las Islas Ryukyu, sin que China plantase cara a pesar de tratarse de uno de sus estados vasallos, y del intento de arrebatarle la isla de Taiwán a la que tuvo que defender, entonces con éxito, por la fuerza de las armas.

Corea era ahora punto de fricción para ambos países. Su posición geográfica, sin embargo, había facilitado el encuentro histórico en dos oleadas auténticamente germinales para Japón, siglos VII y XIII, en las que China había introducido –transfundido–, su cultura por medio de su lengua (hablada y escrita), su filosofía (confucianismo, taoísmo, budismo), su política de estructuración del estado, la arquitectura de las ciudades, su arte… Aún en la actualidad, esta influencia permanece viva en las más puras esencias de la tradición japonesa.

El momento era distinto. El modernizado Japón trataba ya de mimetizar a las potencias occidentales tratando de abrir, como ellas, nuevas áreas de influencia siempre a costa del gigante chino. Japón puso sus ojos en Corea, el más importante de los estados vasallos de China, no sólo por vecindad y por la riqueza de sus recursos naturales, sino porque le proporcionaba frontera terrestre con China, nada menos que por Manchuria, punto de especial querencia para los Qing. Los enfrentamientos previos habían generado en ambos países la necesidad de reformar sus fuerzas armadas, Japón para garantizar sus proyectos expansionistas, China para garantizar la continuidad de su tradicional superioridad en la zona, ahora amenzada.

Ci Xi emprendió con energía la construcción de una armada naval moderna que, sin embargo, fue perdiendo pulso con el traspaso de poderes a favor de Guang Xu quien, bajo la influencia conservadora de su tutor Weng, no veía riesgos en un enfrentamiento con una potencia históricamente considerada menor. Por otra parte, las catástrofes naturales de 1890 habían obligado a detraer buena parte de sus recursos para atender penurias básicas de la población.

Ci Xi, aunque apartada de la política, veía con preocupación el abandono de sus proyectos de rearme; fue, de hecho, éste el principal punto de enfrentamiento con el emperador, el cual decide vetarle información sensible para mantenerla apartada. Ci Xi, marginada de la política, mantiene viva la fantasía de reconstruir el Palacio de Verano.

En 1894, Ci Xi es informada de la gravedad de la situación, tras lo que decide donar parte de su inmensa fortuna para apoyar la guerra y suspende de inmediato los actos celebración de su setenta cumpleaños. Pero era ya tarde, la manifiesta desventaja china terminó en unos meses a favor del reformado Japón para quien la cuestión de Corea no había sido más que la excusa para avanzar en sus objetivos. En contra de las presiones de Occidente que proponían una zona de protectorado internacional, Japón cruzó la frontera de Manchuria y se adentró en territorio chino para acercarse peligrosamente a Pekín.

Guang Xu firmó una paz ruinosa y deshonrosa a la que Ci Xi se opuso con todas sus fuerzas. Ella quería resistir a toda costa, visceralmente no podía tolerar la humillación. Guang Xu, por el contrario, cedía territorios, soberanía, compensaciones económicas, lo que hiciera falta con tal de contener a Japón lejos de Pekín. Por el Tratado de Shimonoseki, Japón se hizo con Taiwán, Islas Pescadores, península de Liaodong y una cuantiosa indemnización que hipotecaba el futuro de China.

En 1895, firmada la paz, Ci Xi se retira de nuevo de la actividad política. Se va con el apoyo popular y de gran parte de la nobleza y convencida de que el resultado de la guerra no era más que dar aire a un Japón crecido que volvería pronto a las andadas. Sólo los intereses occidentales, también amenazados en el nuevo equilibrio de fuerzas, podrían servir de tabla de salvación al milenario imperio, ahora contra las cuerdas. Efectivamente, el ‘peligro amarillo’ –término que debemos al kaiser Guillermo II de Alemania– encarnaba al potencial gran imperio de Oriente. Tras el armisticio, y antes de que fuera tarde, Rusia, Alemania y Francia obligaron a Japón a restituir la península de Laiodong que suponía una permanente amenaza a Pekín al tiempo que Alemania invadía el puerto de Qingdao sin que China opusiera resistencia.

El deshonor chino hizo mella en una población humillada que veía enemigo en el extranjero de cualquier signo. Fue el nacimiento del movimiento de los Boxers que por su cuenta y al margen del poder institucional se estrenaron plantando cara a Alemania en la invasión de Qingdao. Fueron derrotados, pero la semilla de un radical sentimiento nacionalista no había hecho más que empezar.

La extrema debilidad china fue aprovechada por las potencias occidentales para reforzar sus intereses, ahora ya no sólo comerciales. En 1896, China firma un acuerdo de mutua protección con Rusia; en 1898, sin embargo, se vería obligada a ceder territorios a favor de Rusia, Gran Bretaña y Francia. Las posiciones más estratégicas del flanco marítimo oriental de China se encontraban en manos extranjeras. Más humillación y creciente radicalización nacionalista.

Desde su retiro, Ci Xi se mantenía activamente informada, ejerciendo una labor asesora aparentemente bien recibida por el emperador sobre el que ella creía estar influyendo para retomar la modernidad previamente abandonada. Ci Xi creía estar ejerciendo un gobierno en la sombra sinceramente provechoso para su país hasta que se descubrió que había una intentona de homicidio contra su persona y en la que estaba involucrado tanto el emperador como una trama favorable al entendimiento con Japón. Ci Xi conocía bien al débil e inexperto emperador, un perfecto candidato a títere de los japoneses.

A pesar de la gravedad de los hechos, la denuncia pública del emperador era absolutamente inviable y sin encaje legal posible por lo que Ci Xi, apoyada por la nobleza que veía en sus manos las únicas capaces de sostener el imperio, decidió apresarlo y retenerlo en el Palacio de Verano bajo su estrecha y directa vigilancia.

Contra todo pronóstico, se inicia entonces un periodo en el que Ci Xi ejercerá nuevamente el poder imperial pero esta vez sustituyendo a un emperador sometido e incapacitado por razones bien distintas a las de una minoría de edad. Será su tercera y última Regencia.

José Antonio Giménez Mas

Guang Xu

Guang Xu

Ci Xi

Ci Xi

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3 comentarios en “1894, la Guerra Sino-japonesa

    • Pasados ya más de 100 años hay muchas cosas que podríamos aprender de aquel encuentro, tanto desde Occidente como desde Oriente.
      El género del ukiyo-e (grabado japonés) tiene una temática muy variada. Nació en Japón con una intención más comercial que artística y de hecho fuimos los europeos los que lo llevamos a los museos. Los artistas japoneses representaban aquí los múltiples aspectos de la vida corriente (ukiyo significa ‘mundo flotante’, el día a día que fluye). No es la temática bélica la que más me interesa pero este en concreto me gustó porque me traslada a los tebeos de hazañas bélicas de mi infancia. Hoy se reconoce que es a partir del grabado ukiyo-e de donde surge el comic, manga, animé…
      Algún día trataré este tema en el blog, es muy interesante.
      Gracias, Paco

  1. Pingback: El telón de los Qing | cuaderno de oriente

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